- Un mapa no es una ventana al mundo
- Mercator: una representación que cambió nuestra mirada del mundo
- ¿Existe un mapa perfecto?
- Del papel al celular: el sesgo ahora también es algorítmico
- ¿Por qué un camino puede no aparecer?
- El conocimiento local también importa
- Fronteras y nombres: representar no significa decidir
- El mapa también decide qué aparece primero
- ¿Qué podemos hacer como usuarios?
- El mapa que llevamos en el bolsillo
Un mapa no es una ventana al mundo
Cuando abrimos una aplicación de mapas, vemos una representación aparentemente sencilla: calles, rutas, barrios, ciudades y un punto azul que indica dónde estamos.
Sin embargo, ese mapa es el resultado de varias capas de información.
Primero está la proyección cartográfica, que permite representar en una superficie plana la Tierra, que tiene una forma aproximadamente esférica. Después aparece la base de datos, donde se almacenan nombres, caminos, límites, comercios y otros lugares. Finalmente interviene el algoritmo, que determina qué información mostrar, con qué prioridad y según qué nivel de acercamiento.
En una aplicación de navegación se suma otra capa: el sistema calcula rutas, tiempos estimados, tránsito y posibles alternativas.
Por eso, un mapa no solamente representa un territorio: también selecciona información sobre ese territorio.
Mercator: una representación que cambió nuestra mirada del mundo
Una de las proyecciones más conocidas es la de Mercator, publicada en 1569 por el cartógrafo Gerardus Mercator.

Su principal ventaja era que conservaba los ángulos y permitía representar los rumbos de manera útil para la navegación. Una línea recta podía utilizarse para mantener un rumbo constante.
Pero esa característica tiene una consecuencia: las superficies se distorsionan cada vez más a medida que nos acercamos a los polos.
Por eso, en un mapa de Mercator, Groenlandia puede parecer mucho más grande de lo que realmente es en comparación con África. En superficie real, África tiene aproximadamente 14 veces el tamaño de Groenlandia.
No se trata de que el mapa esté “mal hecho”. La distorsión es consecuencia de aquello que la proyección intenta conservar.
¿Existe un mapa perfecto?
No existe una única proyección capaz de conservar al mismo tiempo superficies, formas, distancias y ángulos de manera perfecta.
Cada sistema prioriza determinadas características según el objetivo.
Una proyección puede ser especialmente útil para navegar, mientras que otra puede resultar más apropiada para comparar la superficie de diferentes países o continentes.
Un ejemplo es Equal Earth, presentada en 2018 por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny. Se trata de una proyección equivalente, es decir, diseñada para conservar las proporciones relativas de las superficies.
El costo es que las formas, los ángulos y algunas distancias se deforman.
La conclusión es sencilla: el mapa que usamos también depende de la pregunta que queremos responder.
Del papel al celular: el sesgo ahora también es algorítmico

La transformación más importante llegó con los mapas digitales.
Plataformas como Google Maps, Apple Maps y OpenStreetMap utilizan grandes cantidades de información para construir sus representaciones del territorio, pero no funcionan exactamente de la misma manera.
Google Maps combina información de organismos públicos, organizaciones cartográficas, socios geoespaciales y aportes de usuarios. También utiliza distintas fuentes para comprobar y actualizar determinados datos.
Apple Maps cuenta con mecanismos para informar errores en direcciones, negocios, transporte y navegación, mientras que OpenStreetMap funciona como una base de datos geográfica colaborativa, alimentada por usuarios, conocimiento local, GPS y otras fuentes que cumplen sus condiciones de licencia.
Esto significa que dos aplicaciones pueden mostrar información diferente sobre un mismo lugar.
Una calle puede aparecer en una plataforma y no en otra. Un negocio puede estar actualizado en una aplicación y figurar con información antigua en otra. Incluso el nombre de un sitio puede variar según el idioma, la fuente de datos o los criterios utilizados.
¿Por qué un camino puede no aparecer?
La ausencia de un lugar en un mapa digital no significa necesariamente que alguien haya decidido ocultarlo.
Puede haber explicaciones mucho más simples:
- La información todavía no fue incorporada.
- La fuente disponible está desactualizada.
- El dato no fue validado.
- Existen restricciones de licencia.
- El camino es estacional o de uso local.
- La plataforma no considera ese recorrido adecuado para determinado tipo de navegación.
- El lugar aparece únicamente con otro nombre.
- El nivel de zoom modifica qué elementos se muestran.
Esto resulta especialmente interesante en zonas rurales o comunidades pequeñas, donde puede existir un conocimiento territorial que todavía no fue transformado en datos digitales.
El conocimiento local también importa
Una senda utilizada durante décadas por los habitantes de una comunidad puede ser perfectamente conocida en el territorio y, al mismo tiempo, no aparecer en una aplicación.
OpenStreetMap, por ejemplo, permite incorporar información aportada por personas que conocen el lugar, siempre dentro de sus reglas de edición y fuentes permitidas.
Pero esa información no se traslada automáticamente a Google Maps, Apple Maps u otras plataformas.
Cada servicio construye y administra sus propios sistemas de datos.
Así, el mapa digital también plantea una pregunta interesante: ¿cuánto conocimiento sobre un territorio queda fuera simplemente porque todavía no fue convertido en información reconocible por una plataforma?
Fronteras y nombres: representar no significa decidir
Hay otro punto especialmente delicado: las fronteras.
Un mapa puede dibujar una línea o utilizar determinado nombre para representar un territorio. Pero esa representación cartográfica no equivale, por sí misma, a determinar la soberanía jurídica sobre ese lugar.
Es importante distinguir ambas cuestiones.
Una cosa es cómo una plataforma representa un territorio y otra es qué establece el derecho internacional o qué posición sostiene una determinada autoridad.
Algo similar ocurre con los nombres geográficos. Un sitio puede tener diferentes denominaciones históricas, culturales, administrativas o lingüísticas.
Por eso, que una aplicación utilice un nombre determinado no necesariamente significa que esté resolviendo una disputa territorial.
El mapa también decide qué aparece primero
Hay otro detalle que muchas veces pasa inadvertido: no todo lo que está en la base de datos aparece al mismo tiempo en pantalla.
Cuando buscamos un restaurante, una estación de servicio o una dirección, la aplicación debe ordenar una enorme cantidad de información.
La escala del mapa, nuestra ubicación, el tipo de búsqueda y otros criterios pueden modificar qué elementos aparecen destacados.
En la práctica, el usuario no observa toda la base de datos: observa una selección de esa información.
Esto explica por qué dos personas pueden realizar búsquedas similares y obtener resultados diferentes dependiendo del contexto, la ubicación o la forma exacta en que escribieron la consulta.
¿Qué podemos hacer como usuarios?
No hace falta desconfiar de los mapas digitales para utilizarlos mejor. Simplemente conviene entender que son herramientas y no reproducciones perfectas del territorio.
Algunas buenas prácticas son:
Comparar fuentes. Si un dato es importante, especialmente una ruta o una dirección, puede ser útil consultar más de una plataforma.
Revisar la fecha de la información. Una calle, un comercio o una ruta pueden haber cambiado.
Observar el nivel de zoom. Algunos elementos desaparecen cuando alejamos la vista.
No confundir ausencia con inexistencia. Que algo no aparezca en el mapa no significa necesariamente que no exista.
Consultar fuentes locales. Para caminos rurales, lugares pequeños o sitios de interés comunitario, el conocimiento de quienes viven en la zona puede ser fundamental.
El mapa que llevamos en el bolsillo
El punto azul del celular transmite una sensación de precisión y objetividad. Pero detrás de esa imagen hay una enorme construcción tecnológica.
Primero se decide cómo representar la Tierra. Después, qué datos incorporar. Finalmente, los algoritmos determinan qué información mostrar y cómo organizarla.
Por eso, un mapa digital no es simplemente una fotografía del mundo.
Es una interpretación construida a partir de proyecciones, bases de datos, fuentes, licencias y algoritmos.
Entenderlo no significa dejar de confiar en la tecnología. Significa aprender a leerla con una mirada más crítica.
Porque, en definitiva, también cuando miramos un mapa estamos mirando una versión seleccionada del mundo.







